Durante unos segundos, ninguno de los dos dijo una palabra.
Mark permanecía de pie frente a mi escritorio, incapaz de mirarme a los ojos.
Parecía veinte años más viejo de lo que realmente era.
Las manos le temblaban.
Yo también estaba luchando contra mis propios recuerdos.
Volví a ver aquel aula de Química.
Las risas.
Las tijeras cortando mi trenza.
Las lágrimas que escondí durante años.
Él rompió el silencio.
—Nunca he dejado de arrepentirme.
No respondí.
—Sé que unas disculpas no pueden borrar lo que te hice.
Bajó la cabeza.
—Después de terminar el instituto entendí el daño que había causado. Intenté buscarte varias veces, pero ya te habías marchado del pueblo.
Respiré profundamente.
—¿Y ahora esperas que te perdone porque necesitas dinero?
Negó con la cabeza.
—No.
Sacó una fotografía arrugada de su cartera y la colocó sobre mi mesa.
Era la misma niña que había visto en la solicitud.
Lily.
Sonreía abrazando un peluche mientras llevaba una pulsera del hospital.
—Los médicos dicen que necesita una operación cuanto antes. Si no la hacen este mes…
Su voz se quebró.
—…puedo perderla.
El despacho quedó completamente en silencio.
Miré otra vez el informe financiero.
No había ninguna posibilidad de que otro banco aprobara aquella solicitud.
Ninguna.
Cogí lentamente el sello rojo.
Mark cerró los ojos.
Estaba convencido de que iba a rechazar el préstamo.
Durante unos segundos dejé que sintiera el mismo miedo que yo había sentido tantos años atrás.
Después aparté el sello.
Abrí un cajón.
Saqué el sello azul.
APROBADO.
Lo estampé con firmeza sobre la solicitud.
Mark abrió los ojos.
No podía creer lo que estaba viendo.
—¿Qué…?
—El préstamo queda aprobado.
—¿Sin aval?
—Sí.
—¿Sin intereses?
Asentí.
Las lágrimas empezaron a correr por su rostro.
—Emily… no sé cómo darte las gracias.
Levanté una mano.
—Todavía no he terminado.
Cogí una hoja en blanco.
Escribí una única condición al final del contrato.
Deslicé el documento hacia él.
—Léela antes de firmar.
Mark empezó a leer.
Al principio frunció el ceño.
Luego sus labios comenzaron a temblar.
Y finalmente rompió a llorar.
La condición decía:
“Cuando tu hija se recupere, tendrás que acompañarme a la antigua escuela donde todo empezó. Delante de los alumnos, contarás exactamente lo que me hiciste, explicarás cómo el acoso puede destruir una vida y prometerás que dedicarás el resto de tu vida a impedir que otro niño pase por lo mismo.”
Mark no pudo contener el llanto.
Durante varios minutos fue incapaz de pronunciar una sola palabra.
Cuando por fin levantó la mirada, solo pudo asentir lentamente.
—Lo haré.
—No porque me lo exija el contrato.
—Sino porque llevo veinte años deseando poder arreglar, aunque sea un poco, el daño que causé.
Por primera vez desde que lo había vuelto a ver…
Sentí que el pasado empezaba, por fin, a perder fuerza.