
Gena sonrió como solo él sabía hacerlo: con una sonrisa amplia, los hoyuelos marcándose en las mejillas y ese brillo tan peculiar en los ojos que Ida, en otro tiempo, había confundido con ternura.
Ahora ya lo sabía.
Era expectación.
Se sentó frente a ella en la mesa de la cocina, cubrió su mano con la suya y empezó a hablar con un tono tranquilo y reflexivo, como si simplemente estuviera pensando en voz alta y no preparando cuidadosamente el terreno.
—Piénsalo un momento —dijo—. ¿Para qué queremos ese viejo piso en ese barrio? El edificio es anterior a la guerra, las tuberías y la instalación eléctrica se caen a pedazos. Podríamos venderlo y comprar una vivienda de verdad en una urbanización nueva, con garaje subterráneo, ascensor… Todo. Un hogar para nosotros. Nuestro, ¿entiendes?
Ida miró la mano de Gena sobre la suya. Sus dedos estaban calientes. La alianza reflejaba la luz de la lámpara de la cocina.
—Lo pensaré —respondió.
Y le devolvió la sonrisa.
Gena no tenía ni idea de que ella ya no tenía nada que pensar.
Todo había cambiado una semana antes, la noche en que fue a la cocina a por un vaso de agua y se detuvo en el pasillo al escuchar la voz de su marido detrás de la puerta entreabierta de la habitación de su madre.
Hasta aquella noche, Ida tenía una costumbre que en secreto consideraba una debilidad: sabía ser feliz.
No de una forma ruidosa ni exagerada. Simplemente, algo dentro de ella se llenaba de calor, y procuraba proteger ese calor.
Encontraba felicidad en los primeros días de primavera, en una buena taza de café o en conseguir una hora libre para leer un libro.
Cinco años de matrimonio con Gena, cinco años viviendo bajo el mismo techo que su suegra, Valentina Serguéyevna, no habían conseguido destruir por completo esa capacidad. Solo la habían vuelto más silenciosa.
Cuando su madre la llamó para decirle que su tía abuela Zoya había fallecido y le había dejado en herencia su piso —aquel que olía a madera antigua y valeriana, con enormes ficus en macetas y un reloj que daba las horas con un sonido melodioso—, Ida rompió a llorar.
Había querido mucho a la tía Zoya.
Era de esas personas que nunca daban lecciones sobre cómo debía vivir la gente. Simplemente se sentaban a tu lado y escuchaban.
Cuando por fin dejó de llorar, apareció otro sentimiento.
Un piso propio.
Por primera vez en cinco años, algo verdaderamente suyo.
No se había dado cuenta de lo cansada que estaba de vivir en la casa de otros.
De tener que pedir permiso para mover una estantería.
De que Valentina Serguéyevna entrara en la cocina justo cuando Ida empezaba a sentirse la dueña de la casa.
De soportar aquella mirada de su suegra, calculadora y ligeramente entrecerrada, como si Ida fuera un problema resuelto de la manera equivocada.
Gena parecía sinceramente feliz por ella. La abrazó y dijo que aquello era un golpe de suerte, que por fin sus vidas iban a cambiar.
Ida le creyó.
Llevaba cinco años creyendo a Gena.
Aquella noche se despertó pasada la medianoche.
El apartamento estaba en silencio, salvo por el leve zumbido del frigorífico en la cocina. Se levantó para beber un vaso de agua.
Fue entonces cuando escuchó la voz de su suegra, baja pero perfectamente clara, con un tono que nunca utilizaba con Ida: confidencial, casi afectuoso.
Ida se quedó inmóvil.
—No lo entiendes —decía Valentina Serguéyevna—. Ese piso antiguo es suyo. Lo dice el testamento y lo dicen los documentos. Si pasa algo, tú no tendrás ningún derecho sobre él.
—Mamá, estamos casados —respondió Gena.
—Casados… —repitió ella, concentrando todo un argumento en una sola palabra—. Precisamente por eso. Si vende ese piso y compráis uno nuevo, la vivienda nueva será un bien ganancial. ¿Comprendes la diferencia?
Se hizo un breve silencio.
Ida apoyó la palma de la mano contra la pared. El yeso estaba helado.
—¿Quieres decir que…?
—Quiero decir que ya eres un hombre adulto y deberías empezar a pensar en tu futuro. Convéncela para que venda. Dile que un edificio nuevo es mucho mejor. Que los pisos antiguos solo dan problemas. Ella confía en ti.
Hubo otra pausa.
Gena respondió tan bajo que Ida no pudo entender sus palabras.
Después, los dos se echaron a reír.
Ida regresó al dormitorio y volvió a acostarse.
Miró fijamente el techo y sintió cómo el calor que había protegido durante tantos años se escapaba lenta y metódicamente, igual que el agua desaparece al filtrarse en la arena.
A la mañana siguiente llamó a su madre.
—Mamá —dijo—, quiero poner el piso a tu nombre.
Al otro lado hubo un largo silencio.
—Ida… ¿ha pasado algo?
—Todo está bien. Es simplemente lo que quiero hacer.
Su madre nunca había sido de hacer preguntas incómodas. Sabía escuchar también aquello que no se decía.
Tras unos segundos respondió:
—De acuerdo. Ven a verme y hablamos.
Quedaron en una cafetería cerca de casa de su madre.
Ida le contó todo con calma y sin derramar una sola lágrima, sorprendida de la serenidad de su propia voz. Su madre escuchó en silencio, le sostuvo la mano y asintió de vez en cuando.
Cuando terminó, solo dijo una frase.
—Me alegro de que los escucharas antes de hacer nada.
—Yo también —respondió Ida.
Tomaron café mientras recordaban a la tía Zoya: lo tranquila e independiente que había sido, cómo había vivido siempre según sus propias reglas.
Ida pensó que quizá la tía Zoya sabía perfectamente lo que hacía cuando decidió quién heredaría aquel piso.
Después fueron al notario.
Durante los días siguientes, Ida vivió en un extraño estado de desconexión.
Por fuera, nada cambió.
Preparaba la cena.
Respondía a las preguntas de Valentina Serguéyevna sobre si había pagado la factura de Internet.
Por las noches veía series con Gena.
Él estaba atento e incluso cariñoso.
Ahora Ida sabía interpretar ese cariño.
Entendía qué lo motivaba y, curiosamente, aquel descubrimiento ya no le dolía.
Solo la dejaba vacía.
Él abordó el tema poco a poco, tanteando distintos caminos.
—He estado pensando en el piso —comentó un día con aparente despreocupación—. Quizá deberíamos ir a ver algunas promociones de obra nueva. Solo para hacernos una idea del mercado.
—Ajá.
—Hay una urbanización que acaban de inaugurar. Dicen que los pisos tienen una distribución estupenda. Muy luminosos y amplios.
—Suena interesante.
Él la observó casi igual que lo hacía su madre.
Ida sonrió.
Con tranquilidad.
Con serenidad.
Había aprendido esa sonrisa de él.
Durante aquellos días, Valentina Serguéyevna se volvió sorprendentemente amable. Le ofreció a Ida su receta de la empanada de col. Incluso le preguntó cómo estaba su tía.
Ida respondía siempre con educación y con la misma sonrisa serena.
No tenía ningún interés en jugar.
Pero, si era necesario, terminaría la partida.
No por venganza.
Sino porque no quería precipitarse.
Necesitaba esos pocos días para asegurarse de que ya no le quedaba ninguna duda.
Y no quedaba ninguna.
La conversación decisiva llegó un domingo.
Valentina Serguéyevna había salido a visitar a una amiga, algo poco habitual porque últimamente apenas abandonaba el piso.
Gena puso la mesa, abrió una botella de vino y encendió música.
Había preparado todo como una velada romántica, y Ida tuvo que reconocer que sabía crear ambiente.
Cenaron y bebieron una copa de vino cada uno.
Gena empezó a hablar del futuro, de lo maravilloso que sería vivir los dos solos, sin una tercera persona constantemente en casa.
Ida lo escuchó y se preguntó si realmente creía sus propias palabras.
Quizá sí.
O quizá simplemente era muy bueno convenciéndose a sí mismo.
—Ya lo tengo claro —anunció al fin con el tono firme de un hombre de negocios que acaba de tomar una decisión importante—. Vendamos el piso de tu tía. Compraremos una buena vivienda en un edificio nuevo y pediremos una hipoteca razonable. Por fin tendremos un hogar para nosotros. ¿Lo entiendes?
Ida dejó la copa sobre la mesa.
—Gena.
—¿Qué significa ese «Gena»? Estoy siendo razonable. Tú misma has dicho muchas veces que estás cansada de vivir con mi madre.
—Sí.
—Pues ahí lo tienes. Ahora tenemos una oportunidad. Prácticamente nos ha caído del cielo.
Ida lo miró.
Él le devolvió la sonrisa, con los hoyuelos de siempre y aquel brillo tan familiar en los ojos.
—Genochka… —dijo ella en voz baja, casi con compasión—. El piso ya no es mío.
El silencio se alargó entre los dos.
Gena parpadeó.
—¿Qué?
—No te lo esperabas, ¿verdad? Se lo he puesto a nombre de mi madre. Hace varios días.
La miró como si acabara de hablarle en un idioma extranjero. Oía las palabras, pero su significado se negaba a entrar en su cabeza.
—Espera… ¿por qué?
—Así me siento más segura.
—¿Más segura?
Repitió aquella palabra como quien prueba un plato desconocido.
—¿Te das cuenta de lo que has hecho? Ese piso…
—Ha sido totalmente legal —lo interrumpió Ida—. Tengo todo el derecho a disponer de mi propiedad como considere oportuno.
—Ida…
La calidez desapareció de su voz. Fue sustituida por algo mucho más duro.
—¿Eres consciente de lo que acabas de hacer? Podríamos haber…
—Soy perfectamente consciente —respondió ella—. Precisamente por eso lo hice.
Él se levantó y empezó a caminar de un lado a otro de la cocina.
Después se detuvo junto a la ventana y miró hacia la calle.
La noche era oscura y lluviosa. Las farolas se reflejaban en los charcos.
—¿Es por culpa de mi madre? ¿Te dijo algo?
Ida no respondió.
Simplemente lo observó. En su mirada no había rabia, ni reproches, ni satisfacción. Nada que él pudiera utilizar en su contra.
—Ida. Te he hecho una pregunta.
—Te he oído.
Él se volvió desde la ventana.
Algo cambió en su expresión. Casi podía verse cómo su mente trabajaba, buscando explicaciones, construyendo teorías.
—Escucha —dijo con una voz distinta, casi amable otra vez—. ¿Podemos hablar de esto con tranquilidad? Ha pasado algo, estás dolida, lo entiendo. Pero eso no es motivo para hacer una tontería…
—Voy a pedir el divorcio.
Esta vez el silencio fue diferente.
No era sorpresa.
Era conmoción.
—¿Qué?
—El divorcio, Gena. Ya he tomado la decisión.
Él permaneció callado durante un largo rato.
Después volvió a sentarse, cogió la copa de vino y la dejó otra vez sobre la mesa sin llegar a beber.
—Todo esto es por el piso —dijo finalmente.
No era una pregunta.
Era la conclusión que había elegido porque era la que más le convenía.
—No —respondió Ida—. Es por todo lo demás.
Valentina Serguéyevna regresó a casa alrededor de las diez de la noche.
Su hijo estaba encerrado en su habitación con la puerta cerrada.
Ida leía tranquilamente en el dormitorio.
Su suegra entró en la cocina, hizo ruido con el hervidor y, de pronto, todo quedó en silencio.
Debió de percibir esa calma tan extraña que queda después de una conversación que cambia una vida para siempre.
Se asomó a la habitación.
Ida levantó la vista del libro.
—¿Va todo bien? —preguntó Valentina Serguéyevna.
Su voz era neutra, pero debajo se escondía la cautela.
—Todo está bien —respondió Ida—. Buenas noches, Valentina Serguéyevna.
El divorcio tardó dos meses en resolverse.
Fue mucho más sencillo de lo que Ida había imaginado.
No tenían hijos ni bienes comunes que repartir.
Gena contrató a un abogado.
Después de revisar toda la documentación, el abogado le explicó que el piso transferido a nombre de la madre de Ida no tenía ninguna relación con el patrimonio matrimonial.
Ida lo supo a través de su propia abogada y comprendió que aquella noche no había interpretado nada mal.
Había entendido exactamente el plan que ellos habían preparado.
Se fue a vivir con su madre.
Dormía en el sofá del salón, ayudaba en casa y salía a dar largos paseos.
Era una época en la que la ciudad parecía desnuda. Sin hojas en los árboles ni adornos. Solo gris, viva, con las aceras mojadas y el olor del río impregnándolo todo.
Mientras caminaba, Ida pensaba que cinco años representaban una parte importante de una vida.
Esos años habían existido.
Y en ellos había habido sinceridad.
Simplemente no tanta como ella había creído.
Su madre nunca la interrogó.
Preparaba la comida, dejaba un plato delante de ella y, a veces, simplemente se sentaba a su lado en silencio.
Era un talento poco común.
Y Ida siempre lo había valorado.
Una tarde, su madre dijo:
—Sabes que el piso sigue siendo tuyo. Cuando quieras.
—Lo sé. Gracias.
—Podemos volver a ponerlo a tu nombre en cuanto tú quieras.
—Todavía no.
Su madre asintió.
No volvieron a hablar del asunto.
Pasó un mes.
Luego otro.
Ida regresó al trabajo después de una baja médica.
Oficialmente, el motivo era agotamiento nervioso.
El médico la había mirado con comprensión y no le hizo ninguna pregunta innecesaria.
Durante aquellos meses, el trabajo se convirtió en lo mejor de su vida.
Le daba estructura.
Le exigía atención.
No dejaba espacio para revivir una y otra vez las mismas conversaciones.
Sus compañeros sabían que se estaba divorciando.
Nadie le pidió explicaciones.
Y lo agradeció.
Solo Marina, con quien a veces tomaba café después de las reuniones, le dijo un día:
—Has hecho lo correcto. De verdad.
Ida no tenía ninguna prisa por conocer a otro hombre.
No porque tuviera miedo.
O, al menos, no solo por eso.
Algo había cambiado dentro de ella aquella noche en el pasillo, delante de la habitación de su suegra.
Ahora prestaba mucha más atención a lo que había detrás de las palabras de la gente.
Era una habilidad muy útil.
Aunque la había pagado muy cara.
Una conocida se ofreció a presentarle a alguien.
—Todavía no —respondió Ida.
—Probablemente sea lo mejor —contestó la mujer, sin insistir.
Con el paso del tiempo, Ida empezó a mirar el piso de otra manera.
No como algo que había perdido.
Ni como un arma.
Simplemente como un lugar que la estaba esperando.
Allí habían crecido grandes ficus en enormes maceteros de madera.
Tenía que comprobar si seguían vivos y, si no era así, compraría otros nuevos.
También estaba el viejo reloj de pared, que seguramente llevaba mucho tiempo parado.
Y aquella ventana desde la que la tía Zoya contemplaba la calle todas las mañanas, una ventana por la que entraba una luz muy especial al amanecer.
Ida nunca había sabido odiar durante mucho tiempo.
El odio consumía demasiada energía.
Y ella necesitaba esa energía para otras cosas.
Un sábado cogió las llaves y fue al piso.
Los dos ficus estaban muertos.
El reloj se había detenido.
Las habitaciones estaban frías y cubiertas de polvo.
El apartamento seguía oliendo a madera vieja y valeriana, pero también a abandono, a ese vacío tan particular que se acumula cuando alguien ya no vuelve.
Ida abrió la ventana.
Permaneció unos minutos mirando la calle.
Después sacó el móvil y llamó a su madre.
—Estoy en el piso —dijo—. Tenemos que comprar plantas nuevas. Y encontrar a alguien que pueda arreglar el reloj.
Su madre guardó silencio un instante.
—Estaré allí dentro de una hora.
Ida tardó mucho tiempo en volver a poner el piso a su nombre.
No porque se olvidara.
Ni porque nunca encontrara el momento.
Simplemente, un día comprendió que ya no tenía importancia.
Lo importante era que ella estaba allí.
Que las habitaciones seguían oliendo a madera antigua.
Que una fina lluvia de San Petersburgo caía al otro lado de la ventana.
Que dentro de poco llegaría su madre con plantas nuevas y decidirían juntas dónde colocarlas.
Ida colocó dos tazas sobre la mesa y pensó en cómo la tía Zoya había vivido en aquel piso durante tantos años.
A su manera.
Sin deberle nada a nadie.
Rodeada de plantas, de un reloj que marcaba las horas y de aquella luz especial de las mañanas.
A Ida le pareció un ejemplo magnífico para seguir.